Capítulo VIII
LA NOCHE EN LA QUE TODO CAMBIÓ
Hacia la una y media de la madrugada del 30 de mayo de 1826, desde una ventana del piso superior del hospital de Blois, el Padre Andrés Coindre cae y muere instantáneamente al golpear el suelo. Un seminarista contempla horrorizado desde la ventana la espantosa escena, él mismo estuvo a punto de ser arrastrado y caer al intentar retenerlo. Al trágico desenlace le han precedido veinte días de una conducta errática y un discurso delirante. A partir de aquí usemos la imaginación.
En el hospital hay conmoción. Gritos en la noche de enfermeros y médicos que acuden apresuradamente… pero no pueden hacer nada más que constatar el deceso. Los seminaristas que cuidaban a su superior no saben qué hacer, uno de ellos decide ir hasta el seminario para dar aviso al resto de las autoridades. Recorre por calles oscuras y silenciosas los 500 metros que separan el hospital del seminario, sin saber cómo va a transmitir la noticia al llegar.
El Padre Jean-Paul Lyonnet, uno de los tres directores del seminario bajo la autoridad de Andrés Coindre, se despierta sobresaltado con golpes en la puerta. Se reúne con sus colegas a la luz de unas velas, con confusión y espanto en sus caras. Hablan a media voz para no despertar a nadie. Conversan durante unos minutos y van al hospital para comprobar por ellos mismos la increíble noticia. Luego se reúnen y debaten sobre las decisiones que tienen que tomar en las escasas horas que faltan para que salga el sol y los seminaristas se levanten a la oración: quién va a dar la noticia y cómo, qué se va a decir… es imposible contener esta noticia que aún no logran comprender. ¡Si al menos pudieran evitar que se supiera la forma en que ha muerto!
Sin duda tienen que comunicárselo al obispo, Monseñor de Sauzin, máxima autoridad de la diócesis y “protector” del Padre Coindre, a quien hacía pocos meses había hecho venir desde Monistrol y para quien tenía grandes planes. Pero monseñor no está en la ciudad, hace unos días salió en visita pastoral, hay que mandarle una carta o enviar un mensajero.
Pero también hay que avisar a Lyon. Se decide que el Padre Lyonnet, coterráneo de Coindre, sea el encargado de escribir la carta al Padre Jean Cholleton, vicario general y verdadera autoridad de la arquidiócesis. Es mejor que sean las propias autoridades de Lyon las que hablen con la familia Coindre, para atenuar el golpe de mejor manera. El hermano de Andrés, el Padre Francisco Vicente Coindre, es el capellán de los hermanos en el Pío Socorro, cuando se entere, que sea él quien les transmita la noticia. Pero a las hermanas hay que escribirles sin duda. Se hacen también otros arreglos para avisar a Monistrol y al obispo de Le Puy, Monseñor de Bonald.
Ya es de día, tal vez sin haber podido dormir nada desde la madrugada, el Padre Lyonnet toma pluma y tinta para escribir la carta al Padre Cholleton, pero no puede: le tiemblan las manos, está muy consternado. Entonces pide ayuda al subsecretario del obispo y éste va escribiendo lo que él le dicta: un relato pormenorizado de las últimas semanas de vida de un hombre extraordinario. Al terminar, se arma de valor y le pide al subsecretario que le pase la pluma para hacer una anotación final de puño y letra.
Todo esto sucedió, de esta forma u otra parecida, el 30 de mayo de 1826. Una gran sombra se extiende sobre el seminario y la ciudad de Blois y pronto llegará a toda la diócesis, a los Misioneros del Sagrado Corazón de Monistrol, a las Religiosas de Jesús-María, a los Hermanos del Sagrado Corazón, a la familia Coindre, a la arquidiócesis de Lyon y a tantas y tantas personas que conocieron, valoraron y quisieron al Padre Coindre, pero “las tinieblas no son oscuras para Dios y la noche es clara como el día” (Sal 139, 12).